
El asombro acompañó a Thiago el resto del viaje. Primero se paró en medio del micro intentando ver si su abuelo le había jugado una broma, pero Juan no estaba escondido en ningún rincón. Luego echó a volar su imaginación, con ideas fantásticas, pero pronto se dijo a sí mismo que seguro su mamá había imitado la letra de su propio padre, para dejarle un mensaje que lo alentara a visitarlo. “Aunque yo no les dije que iba a jugar rol” concluyó desconcertado. El amanecer lo encontró entre dormido, soñando un poco e intentando sacar conclusiones de aquel misterioso mensaje. Cuando llegó a la parada ya estaba un poco más despierto y con la firme intención de que su abuelo le diera respuestas. Pero junto a la ruta no había más que un puesto de tortas fritas y algún que otro pasajero que había ido de visita a la tierra de Güiraldes. A Thiago le extrañó que Juan no estuviera ahí mismo para recibirlo y resoplando con enojo caminó pueblo adentro. Las primeras diez cuadras le resultaron tranquilas, con el aroma a río y la brisa suave sobre su rostro. La segunda tanda de diez lo bajonearon. Y cumplidas las treinta, esperaba que su abuelo Juan tuviera una excelente excusa para no haber estado en la parada de micros. Finalmente, tras pasar el Puente Viejo y el museo del escritor llegó a destino. La casita era acogedora, no tan lujosa como las de alrededor, pero conservaba el estilo campestre y estaba rodeada de un hermoso jardín. Las ventanas eran de madera, el techo de tejas y la chimenea que sobresalía y bajaba hasta el suelo, era de piedra.
–¡Abuelo Juan! –gritó algo molesto–. ¿Abuelo…? –repitió más tranquilo percatándose de lo alterado que estaba. Temiendo que algo le hubiera pasado al anciano y remordiéndose de culpa por dentro, Thiago empujó la tranquera y se dirigió a la puerta principal, la cual estaba entreabierta.
–¿Abuelo? –preguntó por tercera vez atragantándose con sus palabras. No había señales de pelea alguna y todo estaba muy acomodado. El desesperado nieto dejó su valija junto a los sillones del living, y enseguida se puso a recorrer el lugar. Vio el mate gigante que su abuelo guardaba encima de la alacena, con la bombilla igual de grande que hacía juego con el primero. Siempre le había llamado la atención aquello porque no se usaba más que como adorno. Cerca de allí, el perchero estaba vacío, por lo cual se imaginó que Juan había salido, con su clásico poncho rojo y negro, y con su chambergo. “¿Nos habremos cruzado?” se preguntó el chico y se dispuso a esperar. El sonido de una puerta abriéndose y cerrándose lo hizo sobresaltar rato después. Sigiloso y tímido se acercó. Se sorprendió al ver que era la entrada al sótano que estaba entreabierta. Seguía teniendo el cartel de “prohibido pasar”, el cual habían puesto en su niñez, pero aún permanecía. Los adultos insistían diciendo que podía tropezar y caer a la oscuridad más absoluta de un cuarto desordenado. Cosa que parecía incierta porque el abuelo Juan ordenaba bastante las cosas. La puerta se abría y se cerraba por un viento que no se explicaba de donde surgía y del otro lado parecía provenir una luz radiante como la del sol que brillaba fuera de la casa. Las ganas de saber más hicieron que a Thiago se le olvidaran algunas recomendaciones paternas y se asomó al sótano con todo el cuidado posible. “¿Cómo puede ser?” se dijo a sí mismo cuando del otro lado apareció un campo distinto al de su abuelo y un cielo despejado. Algo temeroso, pero no por eso menos curioso, se acercó a aquel sitio y al mirar atrás vio una réplica algo distinta de la casa de Juan. “¿Estoy en otro mundo?” dudó, aunque recordando las palabras de Martín se sintió un verdadero tonto. No se decidía qué pensar cuando las garras de un águila gigante lo tomaron por sorpresa, lo agarraron de la ropa y lo alzaron sobre el nivel del suelo unos cuantos metros. Cualquier otro niño habría sentido el pavor de estar por ser devorado por un animal salvaje, pero extrañamente, Thiago tenía paz en su interior. El águila sobrevoló la contraparte de Areco y en un giro inesperado soltó al muchacho para luego posicionarse debajo de él haciéndolo caer sobre su lomo para que viajara más cómodo. “Estoy volando sobre alas de águila” se dijo Thiago seguro de haber oído aquella frase en algún otro lugar. Se tomó fuerte de las enormes plumas marrones, y sin temor se dispuso a disfrutar del paisaje. Grande fue su sorpresa cuando divisó los campos llenos de centauros, los cuales arreaban vacas de un lado a otro, todos ataviados de ropas tan gauchescas como las de su abuelo. Ningún predio tenía cercos o divisiones como si los territorios fueran compartidos o se administraran a conciencia de cada cual. El campo dio lugar a la pradera y ésta a los lugares que parecían más poblados, aunque nada comparado con la gigante ciudad de Buenos Aires, de donde los Juannette eran originarios. Por el contario, eran pequeñas poblaciones en la que todos podían llegar a conocerse entre sí. “¿Faltará mucho?” se inquietó Thiago por primera vez en el viaje. A lo lejos comenzó a divisarse una roca gigante que coronaba la pradera, pero para llegar hasta allí había que cruzar una grieta rocosa, casi tan grande como el Cañón del Colorado. La misma circundaba toda la región hasta llegar al océano, hogar de pescadores, sirenas y tritones. “Es la contraparte de la General Paz” comprendió TJ.
–¡Elfos! –dijo en voz alta al verlos en sus tareas diarias.
La roca gigante se divisaba cada vez más cerca y su forma empezaba a denotarse en medio de la nada. Era semejante a la cabeza de un gran león de fauces abiertas y dientes en punta. Hacía allí se dirigió el ave rapaz y una vez dentro se reclino levemente para que Thiago descendiera, dejándolo completamente solo al menos por un instante. El muchacho vio partir al águila algo inseguro de cómo continuar. Estaba dentro de la boca del león, que hacía las veces de balcón terraza para quienes contemplaban las lejanías.
–¡Al fin llegaste! –le dijo una voz a sus espaldas.
Era un hombre muy pequeño, su torso era escueto en relación al largo de sus piernas y brazos. Usaba la barba larga y en forma triangular, tan triangular como el poncho de alpaca que llevaba puesto y el sombrero coya, que terminaba en punta. En su mano derecha llevaba una vara larga, y sus pantalones parecían de gabardina azulada.
–Me llamo Pumawari –dijo estrechándole la mano–. Soy un Coquena, hijo de Pacha, protector de los animales.
–Thiago –respondió el chico sin saber que agregar.
–Nieto de Juan, sí lo sé.
–¡¿Conocés a mi abuelo?! –se alegró– ¿Él está bien?
–Sí, claro. ¿Por qué habría de estar mal? –se extrañó el pigmeo–. Seguime que está reunido con los otros magos –dijo dando la vuelta para ir hacia adentro.
–¿Con los otros magos? Pero él no es…–se quedó helado. La sonrisa del Coquena era ahora como la de un viejecillo que observa a su vástago descubrir un hermoso secreto.
–Tu abuelo es un mago –prosiguió Pumawari–. Y vos también lo sos; de seguro te lo quería contar él en persona, pero sucedieron cosas terribles estos últimos días…–agachó la cabeza, compungido–. Espero que no se enoje conmigo por adelantarte la sorpresa, pero de todos modos hoy es la presentación.
–¿Qué presentación?
–Seguime que te cuento.
Ambos se encaminaron hacia dentro de la roca con cabeza de león. Thiago no podía más con su admiración y sorpresa. “¿Yo un mago?” se decía. Pero ni terminaba de pensar esto, que ya se asombraba por otra cosa. “No estoy en una cueva de leones” comprobó “esto es un castillo de verdad”.
–La presentación –continuó Pumawari sacándolo de su ensimismamiento–, es el día en que toda la orden de magos del rey presenta a sus discípulos. Cada uno elige a algún descendiente en línea directa o indirecta, para que sea tomado como miembro en potencia.
–¿Mi mamá es maga? –quiso saber.
–No… ella realmente lo ha intentado, pero no ha podido despertar el Gen M que duerme en su interior. Y no te preocupes que tus papás saben que estás acá –concluyó guiñándole un ojo, porque adivinaba sus pensamientos.
Thiago sonrió más relajado y ambos siguieron un tramo más, caminando por el pasillo de paredes de piedra. Llegaron a un salón de puertas enormes. Las mismas eran tan altas como un gigante y para abrirlas eran necesarias dos manos muy grandes que empujaran las argollas de oro. Por lo demás, eran de madera rojiza y para decorar tenían dos cabezas de león de color dorado, símbolo de la Casa Real. Pumawari usó su bastón de caña para golpear tres veces el pórtico, pero no fue hasta después de unos minutos que alguien se acercó a abrir. El que lo hizo parecía un gaucho, lo que volvió a sorprender al chico. Pero en vez de usar un facón, tenía un estoque.
–Es un caballero del rey –explicó al tiempo que pasaban.
La mesa en la que estaban sentados los convidados era redonda y enorme, estaba hecha de madera tan rojiza como la de la puerta, y su borde era dorado. En su centro no había un león para que no perdiera lo esencial: la igualdad de los integrantes de la orden, aun cuando uno liderara al grupo. La insignia pintada era un sol amarillo, que recordaba la melena de los felinos. No como el resto de los banderines e insignias que había en el castillo. Las paredes blancas vestían las banderas de la Casa Real y aunque no era la Sala del Trono, competía con ésta en hermosura. Pero en lugar de que estuviera el rey en persona, un inmenso cuadro reemplazaba su imagen. El monarca pintado en el cuadro se veía mucho más joven de lo que era. Sus ojos celestes impresionaban, como si el pintor hubiera querido detenerse especialmente en aquel punto. Por lo que todos los que no lo conocían, podían suponer que su mirada era inigualable. Su cabellera jugaba entre tonos dorados y rojizos, y realmente se asemejaba a la melena de un león. Lo mismo su barba, ni corta ni larga, pero cuadrada y completa. Todos los que participaban del encuentro en el salón estaban acompañados, excepto Juan, que se alegró enormemente de ver a su nieto. Pero si bien Thiago hubiera querido salir corriendo a los brazos de su abuelo, el líder de la orden lo miró mordazmente, con una cara que ni el profesor Stur sabía poner.
–Llega tarde Juannette–le dijo, sin ver como el abuelo del chico le hacía señas por atrás para que no se preocupara ni le diera mucha importancia–. Mi nombre es Satura, líder de la Orden de Aryeh, ahora siéntate –gruñó. Era el único que tenía una caña larga a modo de vara, mucho más imponente que la de Pumawari, quien se había esfumado ante la mirada del ofuscado líder. La misma mirada que siguió al aprendiz hasta que estuvo sentado junto a su abuelo.
–Bienvenido Thiago Jones –le sonrió Juan por lo bajo, antes de comenzar la reunión.
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