Artista católico: el creador Creado
- Alvaro Panzitta
- 22 dic 2025
- 5 Min. de lectura

EL ARTISTA CATÓLICO.
Todo artista que se autoproclame católico y lo viva en serio sabe que es en primera instancia criatura creada por el Creador de todas las cosas, el Gran Artista, el mismísimo Dios. Y a la vez tiene un don para co-crear con su Creador. Don admirable por cierto porque es capaz de crear mundos aún cuando no tenga la capacidad de darles un soplo de vida absoluto. El único capaz de ello es Dios, obviamente. Nosotros somos un pequeño y hermoso reflejo de ellos. Y así como las obras de Dios nos llevan a Él y podemos contemplarlas pensando cuánto más hermoso ha de ser Él. Así también nuestras obras deberían llevar a los demás a Su Presencia. Obviamente habrá una primera mirada del espectador hacia el pequeño autor, pero uno debería poder correrse para que conozca al Gran Autor.
Las obras de Dios celebran a Dios. Celebran la Vida con mayúscula. Nuestras obras deberán entonces celebrar también la vida tanto en minúscula como en mayúscula. No me imagino una obra de autor católico que no haya impreso aún inconscientemente (y cuánto mejor si fue consciente) la huella de Dios.
Porque así como el almendro alaba a Dios cuando florece, como podemos leer en alguna leyenda franciscana. Lo mismo el artista católico alaba a Dios cuando su arte lo exalta, lo ensalza, lo revela haciéndose partícipe en la Gran Misión de darlo a conocer al mundo.
Bueno, he querido dar esta pequeña introducción a modo de alabar a Dios y darle gracias por el don de escribir que me ha dado, de escribir cuentos y novelas, de crear mundos no tanto a mi imagen, sino a Su Imagen y Semejanza, con todos los defectos que puedo tener y que hacen que mi pequeña obra no sea perfecta.
Con esta intención en el corazón paso a presentar mi obra que habla de Dios en lo grande y en lo pequeño. De eso se trata esta serie de videos. Y para eso también me presentaré yo, humildemente, mi historia como escritor católico. No es una búsqueda egocéntrica, claro está, ojalá pueda hacerme transparente, invisible, para que algo del Gran Artista, del mismo Dios, llegue a ustedes hasta olvidarse de mí y sólo verlo a Él.
YO ARTISTA - YO ESCRITOR
Ante lo dicho, me presento. Mi nombre es Álvaro Panzitta, pero bien podría ser "Alvaro de Dios", hijo muy amado suyo e hijo muy filialmente amante suyo, o eso intento cada día. A diciembre de 2025 tengo ya 37 años.
Comienzo diciendo que antes de aprender a escribir aprendí a jugar. Y esto es importante porque el juego se volvió narración. Desde entonces no dejé de crear historias. Al principio creaba historias con juguetes y cualquier elemento a disposición (maderas, hilos, cartones), después con letras y dibujos.
En algún momento de mi infancia descubrí que Walt Disney (WD) había llamado así a su empresa para que no volvieran a robarle sus creaciones, entonces nombre a mi universo Mundo AP (MAP), aunque ultimamente lo vengo llamando Eutrapelia, que es la virtud cristiana de divertirse sanamente.
Mi primera publicación fue a los diez años con editorial Cathedra, y se trató de un primer boceto de “La tierra desconocida”. A los 13 años hice un periódico barrial, a los 16 uno escolar, y a los 25 fundé mi propio sello editorial: Valores. Hoy podría llamarla editorial Virtudes o directamente Eutrapelia.
Pero si bien empecé a publicar mis libros en el 2014, considero que mis primeros personajes tuvieron una serie de “Edades o Eras” desde sus bases, en mi propia infancia. Siendo la Edad de Oro aquella que va desde mi primer juego hasta que dejé los juguetes.
Como verán, una de las cosas que más disfruté de mi infancia fue crear historias con juguetes. Pasé muchas horas en el suelo de mi habitación, o en otros espacios de mi casa, incluso en la terraza, desarrollando mundos. En determinado momento comencé a transcribir e ilustrar lo jugado en hojas de cuaderno.
Mi objetivo era que ninguna de esas historias se perdiera. Sin embargo, nunca va a ser lo mismo lo vivido que lo contado, por eso creo que fue la Era Dorada de mis primeros personajes, como Scan Spring, que trepaba la escalera que daba de mi casa a la de mis abuelos, aprovechando el color celeste de la misma para decir que era una catarata. Mi imaginación parecía no tener fin y todo lo que había era introducido en las historias, tanto fue así que cuando los escalones pasaron a ser marrones, la catarata se volvió barrosa aludiendo a algún sismo o cambio climático.
Una de las cosas más curiosidad generó a posteriori –aunque para mí era totalmente normal–, fue narrar la vida de toda una familia: un personaje, su hijo, su nieto y así generaciones para atrás y para adelante; concibiendo enormes árboles genealógicos que también dibujaba. Como ya lo expresé, todo esto construyó a lo largo de mis primeros doce años las bases del MAP. Y fue de Oro porque nunca volverá a ser como cuando lo jugué.
Todavía conservo algunos de esos juguetes que exprimí hasta el extremo. Algunos de marcas conocidas, otros totalmente desconocidos. A Dios gracias, y a la generosidad de mis padres y abuelos, tuve de todo. Desde los clásicos Playmóbil con accesorios, hasta figuras de acción. Añadiendo, por supuesto, animales de selva, de campo, y hasta algunos menos comunes de encontrar. Sobre todo me costaba encontrar animales autóctonos para jugar. Uno de los màs exóticos que encontré, fue un pangolín del continente africano, que en los Cuentos Perdidos pasó a ser consejero de la manada de iguanodontes bajo el nombre de Eomanis.
Pese a tener muñecos de varias factorías, solía preferir los que no tenían un rostro famoso, porque desarrollaba mucho más mi imaginación.
Por otra parte, a veces armaba el contexto, la escenografía, por lo cual era común que mi habitación estuviera llena de maquetas improvisadas con cajones de frutas o cajas de cartón. Estas últimas pasaban por varios estadios: casas del pueblo vaquero, estando una al lado de la otra; un edificio gigante con pasadizos, estando una sobre la otra; o un robot gigante en el que podía entrar, cuando las acomodaba de esa forma.
E incluso desde antes usaba los ovillos de lana de mi abuela para hacer telarañas gigantes que cruzaban los muebles y así creaba pasadizos. ¿Qué puedo decir? Fui feliz y me prometí seguir siéndolo.
La gran mayoría de esas historias, reversionadas en un golpe de horno literario, y muchas nuevas, fueron la base de mis libros. Obviamente, a los personajes que cree con juguetes de otras factorías tuve que cambiarles el nombre y la forma, pero no podía dejar que el comienzo del MAP quedara en el olvido.
Esta decisión la reafirmé de niño, cuando John Lasseter dijo que Woody estaba inspirado en su juguete favorito. Si él se había inspirado en la creación de otro ¿por qué no podía hacer yo lo mismo? Allí estaban mis juguetes y las historias que yo había creado con ellos.
Para mi, como artista católico, mi universo de ficción empieza en la concepción misma, en el primer movimiento que tiende a ello, con mi primer garabato, con mi primer juego de sonajero. Mostrar ello sería escándalo para muchos. Nadie llama obra de arte a un garabato, sin embargo allí está el génesis de todo lo que vino después. Pasen y vean.
Comentarios